“Mamá, nos vemos a la hora de cenar”. Así comenzó una historia que cambió la vida de Jordi Vidal. La mañana en que tomó el autobús de la Hispano Igualadina con destino a Falset, su plan era regresar a Barcelona esa misma tarde. Llevaba algo de dinero y los documentos necesarios para inscribirse en la Escuela de Enología y Viticultura del Priorat. Sin embargo, tardó veinte días en volver a casa, los que duró su primera vendimia.

Su conocimiento sobre el vino era escaso, limitado a lo aprendido durante los fines de semana, desde los 16 años, al descargar camiones de vino y aceite en un almacén ubicado en la calle Enric Granados, Barcelona. A menudo, cuando la tienda quedaba sin atención, debía atender a los clientes. Las sugerencias de los vendedores despertaron su interés hasta que un trabajador de Falset le habló de una escuela donde aprender enología.
Decidió llamar y tuvo la suerte de ser atendido por Josep Lluís Pérez, maestro y fundador de Mas Martinet, quien lo convenció por completo. Por entonces cursaba COU y pensaba estudiar Biología, atraído por la genética. Sus padres esperaban que estudiara una carrera tradicional o trabajara en La Caixa, pero esa conversación lo llevó a elegir la Formación Profesional en Enología y Viticultura.
Para formalizar la matrícula debía viajar a Falset. En la fila para pagar, unos alumnos de segundo curso le invitaron a vendimiar con ellos. Aunque no tenía ropa apropiada ni lugar donde alojarse, le ofrecieron quedarse en su piso y prestarle lo necesario. Fue entonces cuando llamó de nuevo a su madre para decirle: “Mamá, al final no vendré a cenar”. Así comenzó su historia de amor con el Priorat, que ya lleva 40 años.
En 1986, el Priorat era muy distinto al que hoy atrae a amantes del vino de todo el mundo: “Era una zona completamente pobre y las carreteras aún estaban en obras”. Jordi Vidal estudió dos años en Falset, participó en la recuperación de viñedos y cursó la carrera universitaria de Enología en Tarragona. Además, trabajó en varias vendimias en Familia Torres, en el Penedès.
Posteriormente, fundó una escuela de cata en Barcelona, se dedicó a la exportación, aprendió idiomas y exploró distintos mercados, pero nunca abandonó el sueño de abrir una bodega en el Priorat. “La primera vez que lo intenté, los del banco se rieron de mí”. Sin embargo, su vida cambió nuevamente durante una boda, aunque no era la suya.
Los fundadores de La Conreria conformaban un trío inusual: un sacerdote, un maestro de escuela y un enólogo. Se reencontraron en la boda de Jaume Sabater, compañero de Jordi en la facultad. Allí Vidal coincidió con Josep Maria Mitjans, un cura del Priorat que le había encargado trabajos entre viñedos años atrás.
Mitjans, procedente de una familia agrícola del Penedès, mantenía una profunda vocación por la tierra. A fines de los años setenta compró en Escaladei una antigua propiedad familiar donde comenzó a recuperar y plantar viñedos. Aunque no era monje cartujo, soñaba con elaborar vino en la histórica cuna del Priorat. “Mitjans tiraba azufre a los viñedos los domingos por la mañana y luego iba a misa oliendo a azufre”, recuerda Vidal. Durante esa boda, el maestro, el cura y el enólogo decidieron unirse y en 1997, con apenas tres hectáreas, fundaron La Conreria, nombre derivado de “conrear”, trabajar la tierra.
En un Priorat dominado por variedades tintas, Vidal comenzó trabajando con un 70% de viñedos de uva blanca. “Es la uva que tenemos —se dijo—. Habrá que hacer vino y venderlo”. Hoy, Les Brugueres, elaborado con garnacha blanca, es uno de los blancos más emblemáticos del Priorat, aunque al principio el camino fue difícil. La Denominación de Origen Calificada (DOQ) rechazó la primera añada por considerarla poco representativa. “Si un Priorat típico debe ser oxidado, ¿por qué no puede cambiar?”, les preguntó Vidal. Finalmente, el vino fue aceptado.
La Conreria sigue siendo una bodega atípica, con mayor vinificación de uva blanca que tinta. Sin embargo, uno de sus grandes tintos, Coster d’en Mario, ejemplifica el trabajo de Vidal más allá de la enología.
Mario vivía solo en La Vilella Alta y descuidaba una vieja parcela de cariñena plantada por su padre en 1929. Cuando Vidal arrendó la viña a finales de los noventa, muchos pensaron que perdía su tiempo. “Aquí lo perderás todo. Esta viña no da nada”, le advertía Mario. Pero Vidal la recuperó, volvió a labrarla y trabajó años para devolverle la vida. La primera vez que Mario vio la finca restaurada, lloró al recordar a su padre trabajando con el animal entre los bancales.
En 2002, al decidir vender sus propiedades e ingresar en una residencia, Mario recibió otras ofertas por la parcela, pero quiso que la adquiriera Jordi. “Tú has sido quien la ha recuperado. Dime cuánto puedes pagarme y te la venderé”, le dijo. Así, Coster d’en Mario se convirtió en la primera viña propia de Vidal. Años después, Mario volvió a emocionarse al ver su nombre en la etiqueta de una botella
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